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Cachorrita sensei

por | 24 enero 2017

Hace unas cuantas semanas me hice de una adorable perrita de color café.

Es una monada. Es tan esponjosita y pequeñita que parece un peluche.

Es algo asombroso que una cosita así sea un ser viviente con sentimientos y toda la cosa.

La nombré Dona.

Mi hermana iba a nombrar a una perrita, que no tuvo permiso en su departamento de tener, Calcetas.

Tengo una prima que le puso a su perro Jugo.

Mi perrita se puede llamar Dona. Además, por fonética, significa mujer en italiano.

Un día mi novio me preguntó por cómo me estaba yendo con ella. La idea de tenerla me había rondado la mente por algunas semanas.

Lo pensaba románticamente: “si muriera en unos meses, definitivamente habría sido súper buena decisión”, un perrito trae felicidad. También lo pensaba realistamente: “necesita dinero y tiempo, ¿podré darle el suficiente tiempo? De otra forma sería un perrito triste y mejor que esté en otra casa”.

Total que, argumentos chafas, cuando fui sólo a verla, me enamoré.

Le dije a mi novio que me iba bien, pero que ciertamente extrañaba mi libertad total.

Porque no sólo es que esté bañada, que tenga agua y comida, algún juguete para morder y una camita para dormir, sino que en mi día a día hago espacio para estar con ella un buen rato, un rato de calidad digamos.

También le dije que había aprendido algo súper importante, la Dona-ción.

No sólo donarle mi tiempo, sino también donar mi esfuerzo para lavar sus cobijas, aun si las mías todavía no las he lavado o para darle medicina cada 8 horas aun si interrumpe mi noche (unas veces fallé).

Donar mi tolerancia para limpiar sus accidentes.

Donar mi paciencia para enseñarle dónde ir al baño.

Donar mi dinero para su bienestar.

Donarle mi cariño.

Donarle mi preocupación (tenía pesadillas cuando enfermó).

Y nada de esto lo hago como esperando “que mínimo me dé las gracias” porque mi mente entendió desde el principio que eso no pasaría.

Además comprendí que por mucho que yo la quiera o diga quererla mientras no se lo demuestre con palabras lindas, con un apapacho, con un rato de juego, ella no lo va a entender.

Dona en cambio no escatima en mostrar alegría por verme, porque la llame o en pedir que la cargue. Ni guarda rencor.

Como la vez que la pisé sin querer, aunque le dolía la patita igual movía la cola y me seguía.

Claro que esto no ha sido una cosa sencilla. Pero ella me hace mejor persona.

Porque ahora me duele menos que no me den las gracias, ahora dono sin tanto trabajo y con más alegría.

Busco más demostrar amor que decirlo.

Intento expresar con más honestidad mis emociones.

Todo esto me hace pensar en lo ilógicos y absurdos que somos a veces los humanos.

Es impresionante que algo tan pequeñito me enseñe cosas tan grandes.

¿Qué cosas has aprendido de tu mascota? ¿Cómo te ha hecho una persona diferente?